☆ Meditación.Espíritu Santo, te ruego que las promesas de Jesús cobren vida en mi corazón.Ayúdame a creer más y a tener la esperanza de que el amor del Padre habite en mi corazón. ☆

☆ Meditación.Espíritu Santo, te ruego que las promesas de Jesús cobren vida en mi corazón.Ayúdame a creer más y a tener la esperanza de que el amor del Padre habite en mi corazón. ☆

 

 

☆ Meditación.Espíritu Santo, te ruego que las promesas de Jesús cobren vida en mi corazón.Ayúdame a creer más y a tener la esperanza de que el amor del Padre habite en mi corazón. ☆

 

Jesús sabía que el anuncio de su partida sería dolorosa y preocupante para sus discípulos; pero también sabía que ellos lo amaban de verdad y que el amor les ayudaría a superar la inseguridad y la preocupación.

Pero en realidad no los dejaría solos; el Padre les enviaría al Espíritu Santo, para llevarlos a toda la verdad y recordarles todo lo que Jesús les había revelado.

Cristo quería llevar a sus discípulos a entrar en la misma relación de amor que él tiene con su Padre, por eso dijo: “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada” (Juan 14, 23). ¡Qué promesa más maravillosa que podamos ser una “mansión” viva para Dios Todopoderoso!

El Creador desea morar en nosotros y, por nuestro medio, bendecir al mundo con su amor y su misericordia. Una y otra vez llamó a su pueblo, a través de los profetas del Antiguo Testamento, para que le correspondiera a su amor y lo aceptara como Padre, y ahora nos hace a nosotros la misma invitación.

Si obedecemos los mandamientos de Dios tendremos abierta la puerta a las bendiciones del Señor y podremos cumplir los planes del Todopoderoso.

Si usted no cree que puede ser fiel y obediente a Dios cuando lo asalte la tentación, sepa que esa es precisamente la razón por la cual Dios derramó su Espíritu Santo: para darnos a conocer el amor del Padre y el poder de la resurrección de Jesús, y cuando aceptamos su enseñanza sin reservas, llegamos a una nueva profundidad en el amor de Dios y su imagen se va grabando en nuestro corazón.

¿Ha observado usted lo muy parecidos que a veces son un padre y su hijo, o una madre y su hija? Sus modales, sus formas de hablar o de caminar son a veces muy parecidas. Esto es producto del contacto diario y la íntima convivencia familiar.

Algo similar sucede entre Dios y nosotros: Mientras mayor sea nuestra intimidad con él, mejor iremos adquiriendo su semejanza.

Pero esto no sucederá si uno no busca esta intimidad con Dios, a través de la oración, la meditación en su Palabra, la recepción de los sacramentos y el servicio desinteresado a los demás.

“Espíritu Santo, te ruego que las promesas de Jesús cobren vida en mi corazón. Ayúdame a creer más y a tener la esperanza de que el amor del Padre habite en mi corazón. Que tu presencia en mí sea la luz que me guíe, y que tu amor en mí ilumine a todos los que yo vea hoy día.”

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